Aia Paec y los hombres pallar

Publicado por Yachaypucllaypacha
Aia Paec y los hombres pallar
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Infantil / Juvenil

Calificador de rango de público objetivo (audiencia): Edad de interés, años
Precisión del rango de público objetivo: Desde
Intervalo de rango audiencia: 5 años a más

Nombre del premio: Plan de Ediciones AECID - MAEC
Año del premio: 2015
Premio o galardón: Ganador
País del premio: España

Tipo de contenido citado: Crítica
Destinatarios del contenido: Sin restricción
Tipo de fuente: Radio
Título de la fuente: Dieta del Lector en Radio Filarmonía
Nota de citación:

Transcripción de audio. Comienza en minuto 4.15

Ahora, para adentrarnos en una de las vertientes de la literatura para niños y jóvenes, me ocupo de un libro editado por el Plan de Ediciones MAEC y AECID en 2015. Se llama Aia Paec y los hombres pallar. Está ilustrado por Andrea Lértora y la autora es Carmen Pachas Piélago. La publicación es un vistosísimo cuento, y mucho más.

El libro, que se abre con el cuento sobre Aia Paec y los hombres pallar, incluye hacia el final un relato sobre la investigación que emprendió Carmen Pachas a través de libros y visitas a sitios arqueológicos con la finalidad de dar sentido a la historia que deseaba narrar; ofrece, a su vez, un apartado con fuentes bibliográficas, actividades lúdicas y un glosario en castellano y en muchik, la lengua de los mochica. Por todo ello, queda claro que las intenciones de esta publicación van más allá de lo literario, pues destaca el enfoque pedagógico en el tratamiento de los contenidos y un afán de valoración patrimonial, evidente por las imágenes de arquitectura y cerámica que se reproducen en las páginas más coloridas.

¿Quién es Aia Paec? Pues el dios de los mochica. ¿Cómo lo reconocemos? Porque en los templos es representado con colmillos en la boca y una docena de tentáculos que salen de su cabeza, como si fueran serpientes, manta rayas o peces lifes. ¿Es temible? Por supuesto; aunque también puede ser muy justo.

Entonces, ¿qué tiene que ver esta divinidad precolombina con pallares y personas? Imagino que esto mismo se preguntó Carmen Pachas hace varios años, cuando miraba las leguminosas del norte peruano en cerámicas pintadas; incluso, ceramios con forma de pallar que, fuera de su carácter utilitario, brindan un mensaje de alcance socioreligioso. Su libro es una ficción para niños de cualquier edad que busca dar sentido a una particularidad de los mochica: la relación que establecieron con su dios y el rol cultural del trabajo en el campo, desde cultivar hasta alimentarse.

Este cuento de Carmen Pachas, ambientado en la costa norte del Perú, narra la historia de un pueblo mochica que celebra su cosecha de pallares. Hacen una gran fiesta, pero no alistan ofrendas para el dios Aia Paec; ni las gracias le dan por favorecerlos con tan magnífica temporada. Entonces, Aia Paec se enfurece y transforma el cuerpo de las personas: todas terminan con forma de pallar. Incluso, hace lo mismo con venados y zorros. El hecho es que, con figura y fragilidad de leguminosa, los mochica no podían trabajar ni hacer la guerra; el solo hecho de caer en agua ponía en peligro sus vidas.

Como se podrán imaginar, el último tramo del cuento es el intento de los pobladores por reconciliarse con su dios. Lo interesante radica en que este intento sirve a Carmen Pachas, tendiendo un puente desde la ficción hacia la realidad, para interpretar el origen de las grandes manifestaciones artísticas y urbanísticas de la cultura mochica. 


Tipo de contenido citado: Crítica
Destinatarios del contenido: Sin restricción
Tipo de fuente: Sitio web
Nota de citación:

Aia Paec y los Hombres Pallar: recreando la milenaria cosmovisión de la sociedad Moche

Guido Mendoza Fantinato


En todas las épocas, el arte de producir cuentos ha resultado siempre una actividad muy inspiradora. Pero si este arte, además, va dirigido a conocer nuevos detalles sobre la milenaria historia de los ancestros comunes, el resultado del esfuerzo es valioso y fascinante.

Por eso, la publicación del libro de cuentos “Aia Paec y los Hombres Pallar” de la escritora peruana Carmen Pachas Piélago expresa una creatividad cautivadora en todos los sentidos, de principio a fin. Gracias al apoyo del concepto gráfico de Marie Isabel Musselman y a la capacidad ilustradora de Andrea Lértora, este libro y sus excepcionales ilustraciones dirigido al público de todas las edades ha obtenido un resultado notable, recreando con notable solvencia detalles esenciales de la rica cosmovisión de la sociedad Moche casi 2,000 años después.


Sobre el culto a Aia Paec durante el apogeo de la sociedad Moche:

Como se sabe, desde hace miles de años, en el territorio peruano se generaron especies nuevas de plantas a partir de muchas especies salvajes. Así, el maíz, la papa, la quinua, la cañigua, el yacón, la yuca, la kiwicha, la maracuyá, el aguaymanto, el pallar, entre otras variedades, lograron adquirir las formas actuales. Y las poblaciones ancestrales crearon hermosos mitos, cuentos y leyendas para resumir este titánico esfuerzo logrado a través de decenas de generaciones. 

En este contexto, tengamos en cuenta que en la larga historia de la Civilización Andina, el aporte brindado por la sociedad Moche resulta invaluable. Así, hace casi 2,000 años, en la costa del norte del Perú, entre los valles de los ríos Moche y Jequetepeque, empezaría gradualmente a brillar el apogeo de esta milenaria sociedad

Aia Paec, denominado también por algunos investigadores como “el dios degollador” mientras que otros estudiosos prefieren asociarlo con algún grado de iniciación metafísica, era una de las divinidades más temidas y respetadas en la costa norte peruana en ese tiempo. Debe su imagen más conocida al descubrimiento del arqueólogo Ricardo Morales en Huaca de la Luna a inicios de la década de 1990. Sin embargo, décadas antes Rafael Larco Hoyle ya la había identificado como parte de la dualidad andina, representando al Dios Supremo de los Moche; y lo catalogaba como una divinidad tan importante como su complemento Chico Paec

La imagen de Aia Paec nos presenta el impresionante rostro de una divinidad asemejando a un hombre, con colmillos de felino y olas marinas rodeándolo. A veces se le representaba también en forma de araña, o con forma de pulpo, con enormes tentáculos. Inclusive a veces se le imaginaba portando cabezas de guerreros muertos en sus manos y serpientes brotando de su cabeza. 

En esa concepción del mundo, el implacable Aia Paec exigía sacrificios humanos para asegurar su benevolencia con los seres humanos. Por eso, los gobernantes Moche le ofrendaban jóvenes guerreros que, llenos de fe en los designios trazados por esta divinidad, combatían hasta morir en las explanadas de los majestuosos templos de la Huaca de la Luna, Huaca el Brujo, Huaca Pañamarca o Huaca Rajada, entre otros emblemáticos lugares. 

Al finalizar estos combates rituales, la sangre de los vencidos era ofrendada a Aia Paec, quien a cambio de este esfuerzo excepcional proveía agua, alimentos y triunfos a su pueblo, manteniéndose con ello el delicado equilibrio en la cosmovisión Moche


Aia Paec y los Hombres Pallar en el cuento de Carmen Pachas:

Al igual que otros milenarios pueblos andinos, los Moche veían como algo maravilloso que apareciesen frutos de la tierra destinados a nutrir a los seres humanos. Y trataban de manifestar su agradecimiento a las divinidades para que este obsequio continuase permanentemente. 

En este contexto, los pallares fueron vistos por los Moche no solo como un alimento otorgado por los dioses, sino también como privilegiados “comunicadores” de la voluntad divina a través de una “escritura”  secreta que debía ser descifrada por los humanos. Dicho secreto radicaba en las peculiares manchitas blancas y negras, diferentes en cada cosecha de pallares, que eran consideradas como el mensaje oculto que Aia Paec brindaba al pueblo Moche. Estas manchitas debían ser adecuadamente interpretadas  por los sacerdotes y la élite que se dedicaba a su culto

Así, el cuento que nos recrea Carmen Pachas se basa en lo que pudo suceder el día en que el pueblo Moche, en medio de la alegría por la obtención de una cosecha extraordinaria, se olvidó de dar las gracias a Aia Paec por tan buen resultado. Ello generó la ira de la divinidad, la cual diseñó un recordatorio muy sutil: los moches vieron transformados sus cuerpos en pallares, lo cual además sucedió con los demás animales de su entorno.

Frente a ello, los seres humanos se dieron cuenta que era necesario volver a agradar a Aia Paec y darle una de sus mejores ofrendas para calmar su enojo. Para ello llamaron a sus mejores artistas y les pidieron que preparasen una ofrenda digna de tan enorme empeño. 

Así, los notables artesanos moche decidieron pintar los pallares y se los entregaron a sus mensajeros para reunir todo ello como sus principales ofrendas en los grandes templos. Destacaban también las representaciones que los artistas moche habían realizado con las réplicas de los pallares, dibujadas, tejidas o esculpidas. Y cada réplica de pallar, pintado en negro sobre blanco, contenía un mensaje diferente para Aia Paec, según lo que cada artista había querido representar. 

Aia Paec se conmovió con este esfuerzo excepcional y devolvió a los seres humanos y demás animales sus formas originales, mientras que el pueblo  Moche prometía no olvidarse nunca más de las ofrendas divinas. 

Sin embargo, considerando la mala memoria que suele afectar a los seres humanos cuando las cosas complicadas cesan, Aia Paec dispuso que los pallares nacerían a partir de ese momento con manchas negras sobre fondo blanco en respuesta a los mensajes que había recibido de los artistas en las réplicas de sus pallares. Así se garantizaba que las ofrendas siempre se realizarían en el momento correcto. Frente a ello, los artistas moche también comenzaron a hacer huacos con formas y con dibujos de hombres pallar, así como dibujos de pallares pintados.


Más detalles sobre la autora y el libro:

La autora, Contadora Pública de profesión y amante de la literatura y de la creación/narración de cuentos,  ha seguido un largo y profundo trabajo de investigación para conocer más detalles sobre la milenaria sociedad Moche. Para ello, tuvo que adentrarse en la profusa bibliografía sobre esta ancestral sociedad y tener largas entrevistas con arqueólogos, agricultores, docentes, artesanos y estudiosos especializados en el devenir de la costa norte peruana.

La edición de este libro es bilingüe (inglés y castellano) y cuenta también con actividades lúdico – educativas así como un completo glosario y una detallada descripción de sus fuentes de investigación escritas (que nos remiten a lugares y fuentes vivas) así como la bibliografía revisada. 

A pesar que ha creado y contado más de 40 cuentos, se trata del primer libro de cuentos publicado por la autora. Debe resaltarse que este año la AECID acaba de publicar una edición española de distribución gratuita y actualmente en Bélgica se viene realizando su traducción al francés. Debe también resaltarse que durante el año 2015 este libro ha sido presentado en la Feria del Libro de Frankfurt y en la Galería Artimundo en Bruselas. 

La inspiración de los extraordinarios gráficos empleados en este libro están basados en la iconografía Moche original, estudiada ampliamente por Marie Isabel Musselman y Andrea Lértora. Debe subrayarse que para que este delicado trabajo en equipo funcionase adecuadamente recreando fielmente todos los detalles originalmente concebidos, Carmen Pachas tuvo que preparar por cada hoja del cuento un archivo que contenía libros, fotos, ilustraciones y textos. Gracias a ello, el trabajo de ilustración de Andrea Lértora pudo contar con todos los elementos necesarios para plasmar su visión artística de la mejor manera posible.

Recordemos que no es la primera vez que se emplea la iconografía Moche para buscar recreaciones históricas sobre la vida este pueblo milenario. Así, el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) lanzó en 1993 el libro: “Las aventuras del Dios Quismique y su ayudante Murrup”; y en 1994 “La rebelión contra el Dios Sol”, como partes primera y segunda de una serie – “Los Dioses de Sipán” - del reconocido investigador Jürgen Golte. Sin embargo, estos destacados esfuerzos buscaron tan solo narrar mitos basados estrictamente en las fuentes orales y etnohistóricas disponibles, lo cual obtuvo naturalmente una favorable acogida.

Pero más de dos décadas después, el formato del libro “Aia Paec y los Hombres Pallar”, va más allá de esa línea y abre nuevos horizontes. Así, reviviendo los detalles del mundo moche a partir del arte de presentarnos un cuento basado en las milenarias fuentes iconográficas, Carmen Pachas ha dado nacimiento a un excepcional trabajo. Gracias a ello, con enorme solvencia y creatividad, permite a los lectores peruanos acercarse no solo a recrear la extraordinaria riqueza de la cosmovisión Moche, sino también a buscar recuperar una parte importante de su milenaria identidad histórica

Como bien lo resume la arqueóloga Inés del Águila Ríos, se trata “un cuento mediador de la historia ancestral que educará en señas de identidad para leer que nosotros tenemos una larga historia, que necesitamos puentes de comunicación entre generaciones para construir la memoria colectiva, y uno de esos puentes es la obra dirigida a los niños en su futuro encuentro con los adultos o viceversa. AIA PAEC y los Hombres Pallar producirá puentes de comunicación entre jóvenes y adultos y sentimientos de valoración hacia lo nuestro y por lo nuestro”.    


Tipo de contenido citado: Crítica
Destinatarios del contenido: Sin restricción
Tipo de fuente: Sitio web
Título de la fuente: El Blog de Guido Mendoza Fantinato / Reflexiones sobre la Historia de la Civilización Andina
Nota de citación:

CRÓNICAS DE LECTURAS 81 - AIA PAEC Y LOS HOMBRES PALLAR

Crónicas de Lecturas - 81

Aia Paec y los Hombres Pallar


I

Leyenda Peruana

Es mi orgullo y motivo de peligroso nacionalismo ser peruano. Sé que todo país enorgullece a sus nacionales, qué bueno es que así sea. Yo lo aprendí desde chico leyendo a gentes de muchos países, el amor a la tierra es compartido por todo ser humano, con ese amor te lo aprendes cómo somos iguales en nuestras diferencias, que por distinta que sea la tierra el vínculo es el mismo: No importa la tierra o el agua - díganlo los inmigrantes de todas las épocas - sino el corazón: Tu patria es donde puedes ser feliz siendo tú mismo. Por eso me concedo tratar de ser feliz en mi tierra, el Perú milenario donde la civilización proviene desde siglos insondables. Vivir es ganarte el sustento con tu trabajo, y en ese proceso la tierra te cambia tanto como tú a ella. Los hombres - algunos mis antepasados – que llegaron a estas tierras diez o más milenios atrás la fecundaron ingeniándose la agricultura (hoy a eso le llaman Ingeniería Genética, pero es la misma vaina), y se inventaron plantas desde las especies salvajes: El maíz y la papa, la quinua y la cañigua y el yacón y la yuca y la kiwicha y la maracuyá y el aguaymanto, todos los cuales rodearon con mitos, cuentos y leyendas. Hoy aspiro a rendir homenaje en un libro de Carmen Pachas a una de estas plantas, El PALLAR (phaseolus lunatus), humilde menestra como la alubia, el garbanzo o la lenteja, que desde miles de años comemos los peruanos, entre ellos mis choznos, abuelos, padres y yo mismo; grano insuperable sancochado en ensalada con su cebolla y su ajicito y su tomatito, que espero lo seguirán comiendo mis hijos y descendientes por los siglos de los siglos, a ver si llegan siquiera a parecerse a sus antepasados, jardineros del desierto, el páramo altiplánico, las pendientes de montañas y los selváticos piedemontes.

Para entenderse a sí mismo el peruano necesita verse como ser histórico, y quizá más que otros, construye su autoimagen en ambivalente relación a la milenaria Cultura Andina. Si no lo hace más no es por falta de ganas, sino porque la Identidad es un artículo tan de primera necesidad como el pan y la sal, y algunos lo acaparan. Ya lo dijo un gran hombre: En el Perú la Nación es muy superior al Estado, que tantas veces ha servido sólo para perpetuar injusticias. Por eso a veces exageramos lo antiguo buscando ahí la grandeza que hoy se nos niega, hurgamos desesperados por un paradigma. Si lo haces bien y superas el que no te guste ser cholo, llegas a la constatación, como individuo y como comunidad, que eres - que somos - Cholos; y a mucha y españolísima honra. Y como mucha bola le hemos dado a nuestra hispanidad, tratamos hoy de profundizar en la otra parte de nuestros genes y conductas, y empezamos con el modo en que nuestros antepasados andinos conservaban la memoria: Con Cánticos y Cuentos y Mitos y Leyendas. Es imposible ser indoamericano sin ellos, todo esfuerzo en recuperar todo eso es encomiable, necesario, imprescindible. La labor que mi primita Carmen Pachas se echó al hombro - con el fundamental apoyo del concepto gráfico de Marie Isabel Musselman y la capacidad ilustradora de Andrea Lértora – construye así patria en el mejor sentido del término, y proporciona modelos a todos nuestros queridos hermanos de la América Latina, a los de la Ibérica península, y quien sabe más allá. Por eso dedicamos esta humilde Crónica a este Volumen Primero – deseamos que haya muchos más – de Mágicos Cuentos Prehispánicos para Niños: Aia Paec y los Hombres Pallar.

II

Aia Paec y la Civilización Moche

Las Leyendas son el corazón de los pueblos, y sus personajes sus paradigmas. El Perú es su historia y sus historias, y parte de dicha historia es la vieja civilización moche. Mil ochocientos años atrás en la costa del norte del Perú floreció en los valles de los ríos Moche y Jequetepeque lo que se llama una “cultura arqueológica”. Dichas “culturas arqueológicas” son muchas veces casi sacadas de la manga por los dichos arqueólogos en base a algunos ceramios o tejidos, pero reconozcamos que en este caso hay mucho más base que eso. Todo indica una larga presencia, de milenios, de un pueblo que por cierto continúa allí a la fecha. Después de todo, las expresiones culturales pasan y dejan su impronta sobre las siguientes, tras unas vienen otras, y por eso tras Salinar vino Virú, tras Virú Moche, que luego cambiaría para ser Lambayeque y Chimú, hasta la llegada de Incas, Españoles y Libertadores, hasta el Perú de nuestros días y el futuro más allá del siglo XXI. De allí que más que de “cultura arqueológica” hablemos directamente de una civilización lo suficientemente importante para habernos dado el cuerpo momificado del primer gobernante que conocemos del Perú, anterior a Presidentes, Virreyes, Sapa Incas y Chimo Cápacs: el Señor de Sipán. En mi país todo es continuo hace más de diez mil años, somos nada más y nada menos que una de las cunas de la civilización, y sin embargo, qué poco sabemos de nosotros mismos. Nuestras viejas civilizaciones, sólo comparables en vetustez al Imperio Antiguo de Egipto, a Indo-Harappa o a la primera Mesopotamia, no nos dejaron testimonios que supiéramos descifrar sin profusa semiótica e interpretación. Tenemos que suponer demasiadas cosas, y eso significa que muchas veces el desespero termina haciéndonos inventar data donde no la hay, o rodear de suposiciones con valor de verdad un diminuto núcleo de certeza, o elaborar media docena de hipótesis para dar cuenta de un hecho, color o hebra. 

Eso pasó con Aia Paec, traducido cariñosamente como “el dios degollador”. Su imagen más conocida la descubrió en 1990 el arqueólogo Ricardo Morales en Huaca de la Luna e impresionó, e hizo la fortuna de artesanos y ceramistas, que lo reprodujeron hasta la náusea. Pero se le conocía desde decenios antes, Rafael Larco Hoyle lo había identificado como parte de la dualidad andina, un Dios Supremo o Supremo Hacedor o Dios Todopoderoso, tan importante como su Otro Yo (Chico Paec) o como la Luna, Shí. La imagen nos presenta el impresionante y aterrador rostro de un dios asemejado a un hombre, con colmillos de felino y olas marinas rodeándolo. A veces le darán forma de araña, con sus ocho patas rodeándolo; o de pulpo, con tentáculos. Puede portar cabezas de guerreros muertos en sus brazos y serpientes brotando de su cabeza. El terrible Aia Paec, dios degollador de mochicas, vive sediento de sangre, y por eso exige sacrificios humanos. Los gobernantes Ciequich, y los Alaec de los valles le ofrendan jóvenes guerreros que pletóricos de fe combaten en explanadas al efecto en los magníficos templos de Huaca de la Luna, Huaca el Brujo, Huaca Pañamarca y Huaca Rajada, entre otros. Estos combates y la sangre derramada y ofrendada son agradables al creador, que en su contento provee de agua, alimentos y triunfos a sus súbditos moches, y así mantiene el equilibrio del universo. O al menos de eso estaban convencidos los susodichos moches, y más valía que lo estuviesen, pues que una de las maneras de sostenerse en el poder, como bien sabe nuestro sagaz Arzobispo, es ser intermediario de la divinidad e interpretarle sus antojos. Algunos arqueólogos explican la decadencia de los moches (relativa, por cierto) por la incapacidad de los sacerdotes moche de convencer al resto de la sociedad de continuar con los sacrificios humanos, dada la percepción de su inutilidad en el contexto de un desastroso fenómeno del Niño.  


III

Los Hombres Pallar

Hacia 3000 A.C. los hombres de los Andes estaban en pleno proceso de domesticación de plantas y animales. En ese contexto es que se domestica el pallar, menestra que hoy forma parte de excelentes potajes peruanos, españoles y vietnamitas (eso leí en wikipedia), lo que hace que uno se sorprenda de las extrañas rutas que suelen seguir los productos culturales. Los moches, al igual que otros muchos pueblos de aquí y de allá, veían algo maravilloso en el hecho de que nazcan frutos de la tierra que parecían destinados a nutrir a los hombres. Y trataban, cómo no, de manifestar el agradecimiento y unción correspondiente, para que el obsequio continúe. Como el trigo y la vid en otras latitudes, el pallar fue alimento de dioses y dios él mismo, y más aún en la mente de los moches: Fue un “comunicador”, una “escritura” en sí misma, un “código” secreto a descifrar, tan misterioso en sus peculiares manchitas blancas y negras, diferentes en cada generación de pallares, que no parece menos sino que el propio Aia Paec trata de decirnos algo, de recordarnos su presencia. Claro es que solo los sacerdotes pueden dar razón de estos arcanos mensajes. Pero el hombre, ay, es rebelde y desobediente, e irrespetuoso con sus dioses y hay que hacerle recordar de vez en cuando a lo que se arriesga. Los moches sacrificaban a Aia Paec las ofrendas debidas, humanas cuando era preciso. Pero un día la cosecha fue tan buena, tanto habían trabajado los agricultores en sus campos, acueductos y diques; tan hábiles fueron los ingenieros hidráulicos en el diseño de los canales y reservorios; tan capaces los líderes en movilizar hombres y recursos, que la cosecha de pallares fue simplemente extraordinaria. Y en el medio de la gran fiesta que se armó, los moches se olvidaron de honrar a su dios, y eso a Aia Paec no le gustó nadita de nada. Naturalmente, la idea de exterminar a estos desagradecidos destripaterrones debió pasarle por la mente, pero Carmen no nos lo dice, aunque seguro que se lo sabe. La cosa es que al final elucubró un castigo más sutil y menos definitivo: Mientras los moches se daban la gran vida metiéndole a la chicha con ganas, cayeron en cuenta que sus cuerpos se redondeaban y cambiaban de color. Se convertían ellos mismos en pallares, vaya. Y como Aia Paec no solía hacer las cosas a medias, también transformó a los animales del entorno, y así venados, zorros y otros bichos adquirieron la forma de pallar.

Los múltiples inconvenientes surgidos de este hecho les causaron a los moches muchas molestias y debieron acostumbrarse de nuevo a realizar de otro modo incluso las tareas más sencillas. Y es que tener forma de pallar puede ser muy molesto. Sin embargo, la energía de los pallares es tan grande que así y todos los valerosos mochicas se sostuvieron en sus lugares, se conservaron a sí mismos y resistieron a sus enemigos mientras continuaban con sus acostumbradas labores. Probablemente sin la protección del mismísimo Aia Paec no habrían podido mantenerse, pero eso ya es una especulación mía. La cuestión es que entre unas cosas y otras se tomaron su buen tiempo en caer en que no le habían hecho las ofrendas debidas al Degollador, y que éste les había hecho la gran jugarreta. Y así llamaron a sus mejores artistas y les dijeron que preparen unas ofrendas como nunca antes lo habían hecho para que el dios se ponga contento de nuevo. Los artesanos mochicas trabajaron sus ofrendas de día iluminados por el Sol, y de noche por la Luna y las Siete Cabrillas, esmerándose para contentar a su Todopoderoso, y una vez terminados ceramios y tejidos se los entregaron a sus más veloces mensajeros para reunir todo en los Templos y ejecutar la más grande ceremonia de ofrenda jamás realizada. El centro del asunto eran las representaciones que los artistas moche habían practicado en las réplicas de los pallares, dibujadas, tejidas o esculpidas: Cada réplica de pallar pintado de negro sobre blanco, cada uno de manera algo diferente, cada cual con un mensaje diferente para Aia Paec, según lo que cada artista había querido y tratado de representar. Así el dios se apiadó y devolvió a hombres y animales sus formas originales, y la felicidad fue grande cuando los moches prometieron no olvidarse más de las ofrendas a sus dioses. Pero considerando la muy mala memoria que suele afectar a los seres humanos cuando les va bien, Aia Paec dispuso en su sabiduría que los pallares nacerían de ahora en adelante con manchas negras sobre fondo blanco – o blancas sobre fondo negro, lo mismo da – como repitiendo o devolviendo los mensajes que el Dios había leído en las réplicas de los pallares. Así en adelante estos sinvergüenzas no se olvidarían de las ofrendas y no habría que tomar medidas radicales.

IV

Historias, ediciones y pallares


Por supuesto la historia es más larga y con más acontecimientos, y además las ilustraciones son sencillamente extraordinarias. Por si fuera poco, la edición es bilingüe (inglés y castellano), cuenta con actividades lúdico – educativas y con un excelente apéndice para enterarnos de más cosas; ello aparte de un completo glosario y, como no puede ser menos en un trabajo de tan excelente calidad, sus fuentes de investigación debidamente detalladas. Probablemente el principal defecto de este libro sea su pretensión de tratar de ser absolutamente completo, pero ¿será eso un defecto? En fin, queremos ser justos y tratar de no dejarnos llevar por el entusiasmo, pero así somos y qué hay con ello. Para el caso entonces le cedemos la palabra a la autora, Carmen Pachas, para que hable de sí misma: ¿Qué lleva a una contadora a utilizar su tiempo libre e investigar sobre la sabiduría de los antiguos peruanos (Yachay), traducirla a un lenguaje lúdico (Pucllay) y transmitirla a los niños a través de un cuento que los transporta atrás en el tiempo y en distintos puntos del territorio nacional (Pacha)?. Bueno, averígüelo por sí mismo, mi estimado lector. Y para eso le doy este enlace: https://yachaypucllaypacha.pe/index.php/nuestros-cuentos-2/alimentos/aia-paec-y-los-hombres-pallar#.U3t1gNJ5OSo
Es muy importante mencionar que la inspiración de los gráficos empleados en Aia Paec y los Hombres Pallar viene en línea recta de la iconografía mochica original, estudiada desde decenios atrás y clarísima fuente para Marie Isabel Musselman y Andrea Lértora. No es la primera vez que se emplea esta iconografía aparte de los estudios propiamente arqueológicos e históricos. El empuje creativo de la recopilación de mitos tuvo un ejercicio importante gracias al Instituto de Estudios Peruanos (IEP), que lanzó en 1993 una corta edición (3,000 ejemplares) de Las aventuras del Dios Quismique y su ayudante Murrup; y otra parecida en 1994 de La rebelión contra el Dios Sol, como partes primera y segunda de una serie - Los Dioses de Sipán -, del conocido intelectual e investigador Jürgen Golte. Ignoramos si se han editado más. El formato de Aia Paec y los Hombres Pallar, siendo mucho más ambicioso, completo y de intenciones lúdico – educativas más claras y desarrolladas, parece claramente inspirado en Golte y sus Quismique Rebelión. La diferencia está en la parte que podemos denominar de recreación: Pachas – Musselman – Lértora logran recrear el mundo moche a partir de la iconografía asumida como fuente, con solvencia y creatividad. Las intenciones de Golte son más precisas y menos ambiciosas, utiliza bien las fuentes pre-existentes para narrar mitos, y eso lo hace definitivamente bien.
    
¿Y los pallares peruanos negriblancos? Pues que los tenemos en casa y hemos sembrado la enredadera. Dícennos que esta semilla provino de otra semilla obtenida de una antiquísima ofrenda moche encontrada en Túcume, y que data de siglos. Yo no sé si eso será verdad, pero me gustaría creerlo. La bonita enredadera da cada tres meses unas vainas con tres o cuatro semillas dentro, con un patrón de diseños negros sobre blanco variable de generación a generación. De hecho los pallares que sembramos se nos vuelven un poco más negros cada vez que los cosechamos. Se me ocurre que de repente es una adaptación genética al feo microclima urbano. Lo que sí se nota es que necesita mucho sol y poca agua, ciertamente es una planta peruana por lo aguantadora y resistente. Regalamos semillas cada vez que podemos, quisiéramos que en cada hogar peruano haya una de estas plantas. Así que ya saben, chicos, planten sus pallares y cuando los cocinen, sancóchenlos algo más de lo que se hace con los pallares “modernos”, o si no, no les quedarán bien.

V

Colofón

Ahora que acabo me doy cuenta, como siempre, que me faltan cosas qué decir. Seguro para eso son los colofones. No dije que la palabra “pallar” dicen que viene del muchik pajek o pegyec que significa “noble guerrero moche” o “guerrero que se encarga del enemigo”. También se me olvidó que para que Carmen y su Banda lograran esta maravilla lograron la colaboración de muchas personas e instituciones, como la Doctora Inés del ÁguilaConsuelo GonzálezRicardo MoralesUlla Holmquist y muchos más. Y hay muchos más, aunque con seguridad algunos que deberían haber estado no están. Ellos se lo pierden. Hasta la próxima.


Colaboradores (Roles)

Clasificación temática

  • JUV016000 FICCIÓN JUVENIL > Histórico > General
  • 808 Literatura y retórica > Generalidades > Retórica y colecciones de literatura
  • cultura para niños

Este cuento, escrito por Carmen Pachas Piélago e ilustrado por Andrea Lértora Alva, está ambientado en la costa norte del Perú y narra la historia de un pueblo mochica que celebra su cosecha de pallares. La celebración es tal, que los pobladores se olvidan de hacer las ofrendas a su dios Aia Paec. Este se molesta y piensa en una manera para que siempre se acuerden de hacerle las ofrendas. La publicación, en castellano y en inglés, es un vistosísimo cuento, y mucho más.

El libro incluye, además del cuento, un relato sobre la investigación que emprendió la autora a través de libros y visitas a sitios arqueológicos con la finalidad de dar sentido a la historia que deseaba narrar; ofrece, a su vez, un apartado con fuentes bibliográficas, actividades lúdicas y un glosario en castellano, inglés, lenguaje científico y en muchik, la lengua de los mochica. Por todo ello, queda claro que las intenciones de esta publicación van más allá de lo literario, pues destaca el enfoque pedagógico en el tratamiento de los contenidos y un afán de valoración patrimonial, evidente por las imágenes de arquitectura y cerámica que se reproducen en las páginas más coloridas.

Como se podrán imaginar, el último tramo del cuento es el intento de los pobladores por reconciliarse con su dios. Lo interesante radica en que este intento sirve a Carmen Pachas Piélago, tendiendo un puente desde la ficción hacia la realidad, para interpretar el origen de las grandes manifestaciones artísticas y urbanísticas de la cultura mochica.

ISBN-13 978-84-8347-174-6 - 9788483471746

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